Los incendios forestales de 2026: qué falló, qué se aprendió y qué viene ahora

El verano de 2026 dejó en Chile una imagen que el país ya conocía pero que seguía sin poder prevenir: el fuego consumiendo poblaciones enteras mientras los sistemas de alerta llegaban tarde y los recursos de combate se desplegaban a destiempo. El incendio de Penco-Lirquén en la Región del Biobío, ocurrido entre el 17 y el 19 de enero, fue el más letal de la temporada: 19 personas fallecidas, más de 2.359 viviendas destruidas o con daños severos, y comunidades enteras convertidas en escombros en cuestión de horas.

Qué pasó en Penco y Tomé

Según el análisis meteorológico rápido del Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia (CR2) de la Universidad de Chile, el incendio se originó en las laderas boscosas de la cordillera de la Costa y se propagó hacia el norte a una velocidad de 30 kilómetros en apenas nueve horas, hasta alcanzar zonas urbanas densamente pobladas. Las condiciones que lo hicieron posible no eran récord histórico, pero sí muy favorables para la propagación: una dorsal de alta presión intensa, baja costera en desarrollo, calor, sequedad y viento. El factor agravante fue que la zona no había sufrido incendios masivos en al menos cinco años, lo que acumuló combustible forestal sin quema.

El incendio alcanzó las poblaciones de Ríos de Chile, Geo Chile, Miramar y Punta de Parra, donde la densidad habitacional y la cercanía a plantaciones forestales crearon las condiciones para la tragedia. Siete escuelas públicas resultaron afectadas en las comunas de Penco y Tomé. El hospital de Penco debió trasladar 51 pacientes a otros centros de la red regional. La respuesta inicial fue criticada por su lentitud.

Los patrones que se repiten

El incendio de Penco-Lirquén 2026 es similar en tipología al de Viña del Mar de febrero de 2024, que causó 138 víctimas fatales y que fue el mayor desastre por incendio urbano-forestal de la historia reciente del país. Ambos comparten la misma característica: fuego que nació en zonas forestales y penetró en áreas urbanas con velocidad y violencia que el sistema de respuesta no pudo contener. El patrón se había descrito antes. Los informes técnicos post-Viña del Mar identificaron los mismos factores que volvieron a estar presentes en Biobío.

La megasequía que afecta la zona centro-sur del país desde hace más de una década es el telón de fondo estructural. Chile se encuentra en temporada de incendios que se ha profundizado por la sequía y el aumento de temperaturas. Cada verano, las condiciones son estadísticamente más favorables para que un incendio pequeño se convierta en catástrofe.

La reconstrucción: lenta pero en marcha

El Ministerio de Vivienda y Urbanismo (MINVU) inició en febrero de 2026, a menos de un mes del incendio, la construcción de las primeras 27 viviendas definitivas en Tomé, Penco y Concepción, con Rosa Burgos como primera beneficiaria. Para la población Ríos de Chile, la más afectada, se anunció un Megaproyecto DS49 para 720 familias, con subsidio de traslado transitorio mientras dura la reconstrucción. El gobierno de Kast asumió la reconstrucción como uno de los ejes de su Plan de Reconstrucción Nacional, anunciado en la primera cadena nacional del 15 de abril.

Los plazos reales de reconstrucción, sin embargo, se miden en años. Las familias que esperan una solución habitacional definitiva han pasado por albergues, arriendos transitorios y soluciones de emergencia mientras el proceso burocrático avanza. Los escándalos de mala gestión institucional —como el funcionario del SERVIU que se burló de las víctimas desde una cuenta anónima en redes sociales— añadieron tensión a un proceso ya sensible.

Qué viene: el debate sobre la prevención

El debate post-incendio en Chile siempre termina en el mismo punto: la necesidad de revisar la interfaz urbano-forestal, el ordenamiento territorial y las plantaciones de especies exóticas de alta inflamabilidad cerca de zonas habitadas. Ese debate existe desde los megaincendios de 2017. La CONAF y los investigadores del CR2 han documentado el problema con detalle. Lo que falta no es diagnóstico sino voluntad política para tomar decisiones que afectan intereses económicos de la industria forestal, derechos adquiridos de propietarios y la lógica de expansión urbana sobre territorios de riesgo. Ese debate, postergado tras cada catástrofe, sigue pendiente.

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